Busco el color óxido de las hojas, a comienzos de este invierno, pero la semana pasada masacraron a todos los  árboles de la zona. Antes era un placer caminar hasta la esquina. Hoy encuentro más razones para odiar la ciudad. La primera es la imbecilidad de los vecinos que intentan sostener que es preferible masacrar árboles para que la visibilidad sea mayor por razones de seguridad.

El cansancio también crea otras fábulas. Pasado cierto límite, no es nada elegante -lo mismo sucede con esos breves tics nerviosos-. Aplazo otra vez, me encierro más otra vez. Lecturas simultáneas: Marghanita Laski, Félix Bruzzone, Sergei Dovlatov, Vicenzo Cunsolo.

Es mentira que duermo y también que no duermo. En algún punto entre estos términos que se enfrentan se retrae algo que me resisto a llamar insomnio. El resto se llama familia: consigo dormirme (toda una pantomima) dando cita a todo tipo de subterfugios y, cuando logro el objetivo, me despiertan. En el sitio más improbable, en la intimidad más improbable, alguien cita a Ayn Rand (nacida Alisa Zinóvievna Rosenbaum). La mención me alcanza en un pico de altísimo stirnerismo (incluso como si fuera poco sigo leyendo el bombástico Marx anarquista, de Maximillien Rubel y Louis Janover). Por suerte, el individualismo no es un humanismo.

Intento escribir ensayos. Del mismo modo en que lo hice durante muchos años. O con otras formas, estructuras, estilos, voces. Constato que no puedo escribir ensayos. Me sale otra cosa, no ensayos. Es una especie de boicot que también recibo como una bendición. Las hipótesis implosionan, la ficción deja de ser una tentación para convertirse en un cielo al ras del piso. Así las cosas.

“Espacios lentos”, leo. No tengo idea cuándo lo escribí. Hace mucho que mi caligrafía no cambia, pero de todos modos supongo que será hace ¿quince años? Más, quizá veinte. Otra vez, por las cualidades, entiendo que hay ciertas ideas larvales que esperan bastante para manifestarse de un modo más completo (otra vez aparece esa cámara de eco lexicográfica de Wladyslaw Tatarkiewicz). Recuerdo una charla pública en la que me referí “al comportamiento de los espacios”. También descubro que utilicé dos o tres títulos en situaciones de lo más dispares. Trato de seguir lo más minuciosamente posible estos dos tópicos que implican movimientos -en un y en otro caso- subrepticios. Pienso toda una autobiografía articulada en estas pesquizas. Creo que es todo lo que puedo acercarme a Monsieur Teste.

Ayer viví por varias horas la certeza de estar habitado por gestos, frases, lógicas y humores varios de mis amigos muertos. La impresión de haber sido su lugar de cita. Muchas ausencias frecuentándose, al mismo tiempo. Había bebido, pero no mucho. No me sentía ni demasiado abandonado ni divertido. Y tardaron un buen rato en partir.

Últimamente pienso mucho en los modos en que Chejfec escenifica sus historias, en su “teatrito” -son sus palabras-. Le presto  mucha atención al efecto de lectura, a esos avances narrativos de tanta precisión e imprecisión simultánea. Llevo más de un mes y medio leyendo y releyendo su Teoría del ascensor, algo que comenzó en Sabadell y sigue en los bares de Almagro y Boedo. En el Parque Rivadavia, la semana pasada, volví a conseguir Cinco, y fue muy placentero volver a leerlo entremezclándolo con sus otras viñetas.