Recibo el libro de Chris Krauss que acaba de publicar Cruce, con traducción de Cecilia Pavón. Tiene un título inolvidable: Tienda de ramos generales Kelly Lake. Enseguida me atrapa. Sobre todo, su gracia para abordar ese lugar limítrofe entre la literatura y el arte contemporáneo sin ninguna receta epistemológica que suene a clisé. Es algo que envidio y busco. Vengo persiguiendo esa impertinencia hace más de treinta años, de un modo tan tenaz como inconsciente. De modo quizá similar al que los criptozoólogos practican cuando entran en contacto con sus presas.

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Tres impresiones, de Mario Arteca. (Añosluz).
El talento puede leerse (empiezo a leer con infinitas ganas y, previsiblemente, las expectativas como siempre con Arteca, enseguida se multiplican torrencialmente).
La felicidad también tiene algo de eso: saber que en La Plata, o en donde sea, sigue escribiendo.

Dos tipos de escritores o artistas: aquellos que, llegadas las circunstancias, pueden transitar con ductilidad fuera de las propias coordinadas (ya sabemos que una obra, como camino, no es más que ese laberinto que nos envuelve), y aquellos otros que, una vez dentro de su propia casa, viven el afuera (ese afuera ficticio) como una negación, una imposibilidad. Me imagino que la lógica del disfraz de los superhéroes no debería resultar tan ajena. ¿Hasta qué punto podemos divorciar lo que hacemos de lo que creemos ser? Las actitudes más salvajemente antisistémicas ¿qué grado de conexión tienen con ese afuera?
Las mañanas temprano, antes de las nueve, son mi momento revolucionario más alto.

El medio de las artes visuales, en Buenos Aires pendula, avanza a su ritmo, entre la pacatería y el esnobismo. Son modos externos a la tradición o la innovación, entiéndanse cómo se entiendan. Los que a simple vista se muestran más agresivamente inconformistas, no es raro que concluyan en las ideas más rancias.
Siempre amé los buenos modos de Witckiewicz y Ceronetti, estilistas de fuste. “El estilo no los traiciona nunca lo suficiente” diría Gombrowicz.

Contexto dentro de contexto dentro de contexto. Texto e imagen son inseparables, inescindibles. Donde hay imagen, siempre habrá texto. Y no hay texto, por más abstracto que sea, que no tenga su revoloteo de imágenes. La lógica de las historietas está siempre en el futuro, como la Civitas Dei de San Agustín.
Almagro en primavera, con días de 16º, provoca cosas por el estilo.

También están las pequeñas ficciones -siempre escrituras- que definen el tono de la memoria. Los contornos, el estilo de los recuerdos. No creo que haya más certeza que esa. Digo: todo lo contrario a la distorsión. Ese estilo es el que permite ampliar y mejorar el pasado que nos acompaña. Un marco -unas coordenadas- que cambian. Hoy confronté dos lecturas bien distintas: Toque de queda, de Jesse Ball, y La vieja hembra engañadora, de Sandino Nuñez. Precisamente la disparidad es la que vuelve los resultados más nítidos.