Ah, sí. Por supuesto. Épica.

Guerra de escrituras.

No necesariamente lo elijo, así sucede.

Ni siquiera se trata de contestar, sino de hacerlo de otro modo.

Leo ese sitio web que no conozco, apenas si de nombre alguno de sus integrantes, pero enseguida necesito escribir para comprobar lo que ya sé, que mis planetas son radicalmente distintos.

No enemigos, sí distintos.

Y aunque no lo entienda bien y no haya explícita violencia, sí, claro que sí, estamos en guerra.

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Me costó un poco entender que opacidad y felicidad, además de rimar, no se oponen necesariamente.

No es que necesariamente exista una felicidad en la opacidad -me cuesta creerlo, aunque cada cual encuentra su gracia en donde puede-, y mucho menos que la felicidad conlleve opacidad -de hecho, hace unas horas, fue una profunda sensación de todo lo contrario-.

Lo que intento decir es que durante años, viví en duelo con esa impresión, la de tolerar, incluso cultivar con absoluto desgano una pátina de opacidad hasta aprender a soportarla, cuando mi carácter y deseo la desmentían en todo momento.

Sin embargo, ayer tuve una prueba, un atisbo de brillo tan en contrario.

Como revelando algo de junio que no conozco. O no del todo.

Volví a muchos papeles escritos e impresos durante un largo número de años. O, mejor dicho, de muchas escrituras relámpago sobre imágenes o pequeñas o no tan pequeñas historias cultivadas, resguardadas y acumuladas para generar preciosos, casi secretos cortocircuitos.

Su antigüedad radical se constituye en novedad: como no existe recuerdo, ni siquiera pista en la memoria, a todos sorprende. El mejor de los trucos del tiempo. Por el contrario, su punta de lanza en las formas inmediatas lo envejece al instante: ser reconocible disminuye su potencia.

Experiencia y conexión: la ansiedad subraya la necesidad de conectarnos rápido. Eso nos vuelve tremendamente vulnerables. El chiste estúpido y la “salida de paso” ganan la partida.

Figuras simétricas y agotadoras: el snob conservador y el tradicionalista-dogmático curioso. El snob -cuya constitutiva falta de linaje lo lleva a desplazarse constantemente a territorios que no conoce, todo el tiempo fija una negativa: “incluso me fascina, pero no comprendo la necesidad”. El tradicionalista también es pesadillesco por su curiosidad. El efecto de la tradición en él es el del mandato, no el de la disponibilidad de recursos, por lo cual se transforma rápidamente en un gemelo negativo del anterior. Gatopardismo estético-estático.

Posiblemente por la suerte de escuchar toda la discografía en otro orden -los vinilos e incluso cds anteriores a los discos que me fueron contemporáneos siempre llegaron a su ritmo, desmintiendo las cronologías- nunca hasta hoy había tenido en claro la importancia que, desde la primera hora, las películas y el cine como leimotv habían tenido para Irmin Schmidt, Holger Czukay y los otros músicos de Can: Monster movie, Soundtracks, Flow Motion, etc. No puedo dejar de recordar todo el tiempo que invertí en rastrear esos albumes, en ubicar la información, en perseguirlos por disquerías. Esa fue mi película: entender que esas canciones estaban distribuidas en distintos puntos de la ciudad, que tenía que tomar un tren para ir a buscarlas, que estaban esperándome acá y allá y que tenía que ir a su encuentro.  Horas, días, semanas conociendo más negocios y bateas, conversando con disqueros que hacían honor a su oficio, dándome cuenta que cada título se escuchaba diferente en cada rincón del mundo. Geopolíticamente, algo bastante más interesante que la inmovilidad de un buscador de internet.

Tuvimos que inventar otro tipo de busquedas y otros modos de recorrer la ciudad más allá de la miseria del vil metal.

Llueve mucho, demasiado, hace más de un mes. No hay semana que no llueva mucho. Y para peor el cielo permanece tan encapotado que a las cinco de la tarde parece de noche. Todo se pone un poco raro. La lluvia se transforma en algo más que un efecto anímico: en una perturbación psicológica tan estable que es difícil ubicarla.

Lester Bangs, por un comentario que hice ayer a Nico Maidana en el Parque Rivadavia. Lester Bangs y Anita, de Mao y Lenin, en el especial de la revista Mancilla. Lester Bangs y enseguida el indispensable Captain Beefheart (y la Feltrinelli en Roma, y aquella lectura en el tren hacia Napoles). Lester Bangs y Captain Beefheart y Edelmiro Molinari y Alfredo Prior y el departamento de la calle Solís. Lester Bangs y Captain Beefheart y David Lynch, y Sparklehorse y enseguida los Flaming Lips. También Lester Bowie, y el eterno Ornette Coleman. También Thelonius Monk. Y Danger Mouse (Danger Mouse fue bastante importante para mí a principios de esta década). Pienso también en la campera de Lester Bangs (en alguna de sus fotos más clásicas). Esa campera que se parece mucho a la que usé ayer en la lectura de Parque Rivadavia,

Qué diferente que sería todo si más gente leyera a Lester Bangs y no perdiera tiempo con la tremenda estupidez de las redes sociales.