Hace no tantos años, entre el audio general (“lo que se encucha en las radios, en la calle, las bandas de sonido de los bares, etc”) y presencias disruptivas como Psychic TV, o Reynols, o cierto noise más extremo, estaba lejos de existir un abismo tan abismo como el que existe hoy mismo. La distancia era muy grande, pero jamás tan imposible. El audio de una época refiere siempre a cómo se vive, se piensa, se actúa. Leo por ahí voces varias que insisten en que es el mainstream el que está cooptado, pero que las minorías sonoras prosiguen sus caminos con más o menos buena salud. Disiento, claro. Lo que puedo consumir de las minorías sonoras, que no es poco, vive en un estado de catacumbas: debajo del suelo, debajo de lo perceptible. No deja de ser sexy, sin tener absolutamente nada de auspicioso.

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Después de escribir tantas horas, pierdo sentido de todo. Sin embargo, cuando leo lo que escribí hace un rato, no me parece que no tenga sentido.

Es un efecto raro.

Otra vez esa ocurrencia: la sensación de haber construido durante años una especie de arca temporal con la que poder experimentar con mi memoria. Como si practicara dos tipos de lecturas diferentes (conste, que estoy tratando de entender lo que escribo). Libros que parecieran estar destinados a influenciarme, y otros, a vaporizar esa seguridad y conducirme por territorios de lo más extraños para mí. De manera que,  al modo de Xavier de Maistre, todos fueran Viajes alrededor de mi cuarto (1794). Sigo pensando que la idea del interminable viaje de Roussel no es más que una variaciön sobre el relato del Capitán Nemo.

Involucrar: parece ser un verbo demasiado referenciado en los últimos días. Mi atención se agudiza cuando una palabra rebota de un ámbito a otro con más frecuencia de la habitual. Involucrum, envolutura. Envolver cubrir. ¿Rodear? Implica atención. ¿Cacería? ¿Dónde se encuentran, cómo se cruzan las cualidades de dominación y persuación? La escucho en la escuela, en dos negocios, en un político, hasta en una historieta. Ránking semanal de palabras para un oído fino incluso en lo impreso. Dos cuentos recientes. Una imagen de Uffizi (eterno retorno mental): una sala el preparación. Muchas esculturas y muebles cubiertos con sábanas. Un aquelarre de fantasmas oficiales.

Contra una época, Contra los geeks. Contra el catador de series. Contra la digitalidad demasiado exagerada. Contra la contra-digitalidad. La singularidad nunca debería ser una distinción sino una pequeña trinchera, incluso un palco, desde donde las fricciones resuenen con aquella potencia de las texturas sonoras de Luciano Berio.

La discografía completa de Captain Beefheart: clasisimo, declaración de principios.

No se trata de bolsones de atemporalidad. Al revés. Se trata de un ecosistema portátil de vida musical saludable.

Es tan banal y tan cierto: con vivir no alcanza. Ya sé que el conformismo afirma lo contrario. Los libros son la prueba, la respiración. Oigo respirar a cada libro, porque lo que deja alguien que escribe y publica es eso, una respiracion.

A la noche tarde, cuando me desvelo, escuchar tantas respiraciones provenientes de mi biblioteca me aterra y consuela. Me aterrará más el día que no pueda oírlas.