Si de algo estoy seguro, es que el canon literario complica más la perdurabilidad de un libro. También sus efectos. El canon vulgarizó y trituró libros preciosos. Por suerte, otros siguen en él como si no se dieran por aludidos.

Estrategias débiles por una parte (siempre fallan, aunque infundan su alternativa), la incesante ronda de los fantasmas de la neurosis (eterna compañía de viaje): una formula constante. La primavera austral se insinúa con frío, cielo plomizo, buena energía. Valerio Magrelli: “El sueño como un trapo que debe ser roto, embebido de sueño. Siempre se queda húmedo, no termina nunca: siempre queda una gota por estrujar”.

La ficción y sus envases, ese sigue siendo el gran drama que oculta la palabra literatura. No la música de la voz, ni siquiera el imperio de la narración ¿acaso el estilo no es la primera ficción? Coincido con la definición de estilo como una suma virtuosa de errores: ese punto en el que las teorías de Beckett y Jorge Di Paola se funden hasta el azar. Butor abandonó la novela para concentrarse –o dispersarse magistralmente- en “composiciones narrativas” y ensayos que tantas veces se confunden con aquellas. ¿Con qué frecuencia siguen reeditándose y traduciéndose Nathalie Sarraute y Néstor Sánchez?

La literatura no explica, o lo hace por default, siempre de otro modo. Pensé escribir un relato sugerido laxamente por la confesión de Sophie Roper, víctima de bullying en su pubertad, experiencia que la llevó a empatizar intensamente con hurones, que la convirtieron en su confesora, adoptándola y oficiando de consejeros. Fueron cuatro, los bautizó Mister Blister, Sunny, Sasha y Baby, quienes le enseñaron los trucos del modelaje, profesión con la que ganó notoriedad. Se me ocurrió desdoblar la voz de un narrador, sádico, programático y adolescente, un malvado inocente que mientras goza maltratando a Sophie se enoja sorprendiéndose de la transformación que provocan los hurones en los pensamientos de esta chica hurón de sensibilidad disociada, en la evolución de este Tai Chi de pasarela.

De momento, no son más que dos o tres imágenes de alambicada venganza. Casi el paralelo de otra historia verídica, la de un joven curador de arte que se venga de la humanidad realizando performances teatrales de lo más pretenciosas, desatando un módico infierno estético.

Mi Montaigne está en cuarentena. El ensayo puede, debe esperar. Después de más de quince años de no hacer casi otra cosa que escribir ensayos, me recreo en mis fuentes narrativas y ficcionales. Prosa desencajada, psicótica y materia verbal profusa: esto debería operar como una suerte de lema.

Me hubiera gustado escribir Una introducción, de Ezequiel Alemián. También Peripecias del No, del inefable Chitarroni. El efecto Sherezade que logra Kacero con la edición de Salisbury, de narraciones en narraciones en narraciones, fue otra gratísima sorpresa. Tanto en el modo con que incorpora las andanzas de Etchechury, un compañero de mi secundaria que hasta donde sé sigue cumpliendo cadena perpetua.