No sé bien qué es mi mundo. ¿Lo que me rodea? ¿lo que elijo o vuelvo a elegir de lo que me rodea? ¿aquello que está cerca mío y que proponiéndomelo o no habla de lo que puedo ser? ¿El sitio que por fatalidad me sigue a todas partes? Puede ser cada una de esas cosas y no. En fin, lo que tengo en claro es que parece cada vez más chico a medida que descubro lo gigantesco que es. Lo que más me gusta de estas líneas es que pueden haber sido escrito hace tres minutos o cuarenta años.

Una suerte de autismo generoso.

Anuncios

Antes de escribir, en el pulso. Mientras escribo, en el envío. Los atributos, cual musas: esa enorme capacidad de disponibilidad, de incertidumbre y de abandono. Narrar sigue siendo lo mejor que podemos realizar con palabras. Narramos para usarlas, recobramos palabras para seguir narrando. Somos lo que narramos, en lo que narramos. Qué narraré hoy, cómo lo narraré. Los sueños existen cuando puedo escribirlos.

No se trata de los ruidos, o de la gente, o de la oferta de los restaurantes, menos del tráfico, o de las campanadas de las iglesias. Es algo más atávico, que percibiría incluso confuso con el calendario, desconociendo las fechas. Los domingos son otro tipo de constatación,  un tipo de alerta diferencial. Desde que me desperté me sigue, como una sombra, me rodea, moldea el ánimo, que sigue cambiando con las horas. Habrá muchas explicaciones, pero las desconozco. Escribo de otro modo, la sensación no es la misma que en cualquier otro momento. Es escritura de domingo. No debería ser casual que en Argentina el nombre Domingo en todos los casos divida aguas.