La misma fantasía todas las vísperas de fiestas: clonarme, conseguirme un androide que, de tan idéntico, confundan perfectamente con lo que me dicen los espejos. También la misma y reiterada paranoia: ¿qué tan responsables seremos de nuestros clones y androides gemelos? ¿Qué tanto podrán mejorarnos o empeorarnos?

Feliz Navidad. La precariedad tecnológica sigue preservándolos de nuestras imbéciles fantasías y pesadillas.

Cuanto más cansado –el cerebro-, más nítidos los detalles. Se sostienen poco, al punto de confundirse con morosas revelaciones, esas que proceden como el alerta de los detalles que se van develando, cuando la mirada va siguiendo las pistas y armando su escenario de costumbres. El olvido juega a las intermitencias: como si de lejos, o con poco tiempo, todo tendiera a encapsularse sólo circunstancialmente.

“La bendición del cerebro liviano”, la llamaba Dipi. Sólo hay que aprender a contar los pasos.

 

Demasiadas palabras intentando un estado (lejano, extraño, todos bellos adjetivos, un poco anodinos por persistencia). Ese estado que se aleja de la memoria, que la simula, que le teme, que la anhela. Para vulgaridad general nos sobra la política, de unos y otros. Sigo escribiendo con la poca batería que le queda a la máquina: los cortes de energía no avisan. Las palabras, sólo a veces.