Sigue lloviendo, no sé hace cuantos días. Semanas.
Mi escritura cambia con la lluvia. Tiendo a adjetivar menos, a que las pausas me resulten más artificiales.

Me reconcilio conmigo si leo, antes de las dos de la tarde, algunas de las cosas que escribí hace tiempo. Me peleo conmigo si vuelvo a leerlas el mismo día, después de cuatro horas. La lectura ejerce sobre mí un tipo de poder diferente.

¿Qué debería significar hoy el adjetivo “macedoniano”? Me lo pregunto porque todavía me cuesta sospechar, a lo largo, ancho, bajo y alto de tanta extraña asimilación del eterno metafísico porteño, por qué no lucimos más rematadamente macedonianos, sea lo que sea este término. El mundo nació con Macedonio, con su zapallo vertiginoso, con su Museo de la Eterna, y sigue naciendo casi en secreto, porque así resulta su tradición.

Si creyera en algo llamado “canon” –y estoy tan ajeno a sus supuestos efectos-, el centro sería incisivamente Macedonio, un centro que no dejaría de extenderse como un Kraken hacia todos y cada uno de sus vértices.

Macedonio me resulta una condición indispensable. Un trabajo de escritura (de lectura, una tarea estética) que sigue contaminándome sin prisa.