Sigo pensando que molestar no tiene tanto que ver con una pulsión más o menos sádica o con llamar la atención, sino más bien con un impulso irrefrenable por compartir nuestros fracasos adulterando las apariencias.

Seguramente por esto nunca pude vivir la escritura o la lectura como simples molestias. Escribir, más no sea en el más privado de los cuadernos, dispersar palabras y silencios, es para mí alimentar la más pornográfica y nutriente de las plusvalías.

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La escritura, cuanto más llana, más misteriosa. Durante mucho tiempo no lo tuve en claro. Después, empecé a sospechar que si hubo épocas en las cuales los adjetivos y las subordinadas se volvieron excesivos, arduos, pudo deberse a una secreta necesidad de molestar a ese misterio. Hoy sospecho, más que nunca, que adoro molestar esa estúpida nitidez de las situaciones misteriosas. Dos formas de no saber: el triste abandono, o sea, la dejadez, la facilidad, y su némesis, el trabajoso artesanado de la banalidad sapiente.

Recién, en el mismo instante en el que iba a empezar a escribir estas líneas, tocaron el timbre con insistencia. El de la calle, no el del departamento. Cuando atendí el portero eléctrico, varios vecinos preguntaban al mismo tiempo quién era. Había olvidado por completo la expresión “ring-raje”, muy de mi infancia, esa forma permanente de molestar a los vecinos de toda la cuadra. Fue como la magdalena proustiana: tardes de siesta, mientras hacíamos la digestión antes de volver a meternos en la pileta. Recordé a las víctimas de aquellos atentados, ninguna de ellas residente hoy en este mundo. Imágenes de furia y sus risas simétricas. De las bocas asfixiadas para que las histéricas carcajadas no delataran nuestros escondites. Intenté ir más allá, proponiéndole nombres propios al plural. Aquel barrio en las tardes de verano, nadie en la calle, las casas tan vulnerables, cada cual con su portón hoy utópico. Casi por simpatía suena el teléfono inalámbrico, con su timbre vintage. No atiendo. Suficiente.