No se trata ni mucho menos de de una explicación –la explicación es un género que, siendo indudable y socialmente útil, me resulta molesto (adoro aquello de a buen entendedor pocas palabras, aseveración que me gusta cambiar por a quien no necesita explicaciones un millón de maravillosas palabras)-. Tampoco de una anécdota –se equivocan por mucho los que suponen que me valgo de anécdotas; las confunden con un condensador de materiales que, si bien provienen de la experiencia o de la observación, son núcleos dispersos para cierto tipo de forma narrativa más cercana a la ficción aunque no lo sea-. Voy al grano: recuerdo ahora, mientras escribo, el momento en que surgió –el germen, el envión- de eso que llamo el Hurón Bicéfalo.

Estábamos hablando en público con Marta Minujín, por invitación suya. Todos salvo Marta –me incluyo- creímos que se trataba o trataría de un coloquio informal en el que yo preguntaba y ella respondía. Pero Marta tenía otra idea, con los supuestos términos invertidos. Íbamos a empezar a charlar cuando me dijo “te pregunto y vos decís lo primero que se te ocurre”. Y así fue. Me preguntó ¿si fueras una cuidad, qué ciudad serías? y ahora no recuerdo qué dije. Inmediatamente me volvió a preguntar ¿y si fueras un animal? Y esta respuesta  sí la recuerdo: “sería un hurón”. Ni ella ni nadie de los presentes me indagó por qué.

Esta secuencia me volvió una y otra vez, porque tuve la certeza de una lógica que la sostenía. Los hurones son animales entrenados para la caza –dicen los historiadores biólogos que hace más de veinticinco siglos-. No dicen entrenados, sino domesticados. Domesticados para la caza. Depredadores finos. Algo que me resulta muy atractivo.

Sé que debería explicar o decir algo sobre la bicefalía.

Pero ya aclaré que no está en mi ánimo dar demasiadas explicaciones.

No es la primera vez que escribo sobre esto en este sitio: los domingos no dejan de ser un problema. Por la razón que sea, la gravitación del día domingo siempre difiere, socialmente, de la de cualquier otro día. Quizá sea el día en el cual las urgencias y apetitos personales más friccionan con los hábitos sociales. Trato de pensar mi vida, eso que me hace lo que soy, en privado y en público, a partir de qué decisiones fui tomando con respecto a este día de la semana. Más si se trata de un domingo de otoño.