En el mejor de los casos, escribir es disponer de una escena diferente para uno. No preservar, sino intuir algo donde no se lo buscaba.

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Siento empatía cero con quienes desean cambiar el mundo. Contrario sensu, me sé invariablemente cercano de aquellos que desean cambiarse a sí mismos, por la razón que sea. Es algo que sigue siendo un imperativo para mí. No pretendo tanto conocerme o desconocerme como equilibrarme o desequilibrarme. Ahí está la caja negra del inconsciente para ponerme límites o trampas. Es una zona extraña que continúa teniendo su atractivo, arrastrándome a alguna parte. También sé que esto es pura retórica, incluso asquerosamente naïf. Pero, debo decirlo, soy de los que no tienen pudor en este tipo de aseveraciones, porque creo que tienen en todos los casos su lado encantador, como asímismo lo tienen las más empalagosas canciones pop. Si la psicodelia es naïve, incluso cuando parece no serlo ¿qué tendría de malo que algo de todo esto reaparezca una vez más en lo que escribo? No es la felicidad ni se le parece, por cierto, pero me sirve para soportar ese trasfondo siniestro que denominamos tiempo.