“Para poder adentrarnos en el taoísmo” –escribió Alan Watts- “deberemos tratar de situarnos en el adecuado estado mental. Es tan imposible esforzarnos por entrar en ese estado mental como tratar de amansar la turbulencia de las aguas con el simple movimiento de nuestra mano”. Cada vez más, cuando escribo trato de amasar las turbulencias con el simple movimiento de mi mano: quizá es el mejor modo que conozco para situarme en ese delicado estado mental.

Me gusta pensar toda hipótesis como otro centro móvil y siempre vulnerable dentro de los límites del ensayo. Incluso más allá, como una suerte de causa perdida. No tanto una fuga, sino más bien una exploración exorbitada. El destino de los mejores ensayos no es la persuasión, sino su relativo fracaso, en las deliciosas ventajas de lo improbable. Gadda: “A veces aún me sorprendo a mí mismo, después de tantos años, razonando como… una educadora mía; para decir verdad, no como una mujer histérica, ideal inalcanzable. Y, pueden creerme, no son esos mis momentos peores. En todo caso, las leyes del Mendel –cuyo efecto no ha podido paliar ni la poco provechosa ‘adaptación al ambiente’-, se confirman en toda su validez combinatoria, con una caracterización híbrida, de tipo bárbaro, que me hace heredero (sin ninguna clase de bienes) de gentes infinitas, y a mi mísero vestido, túnica de todos los males, y de todos los remiendos”.