Esos mash-up estuvieron presentes en las cosas que intentaba hacer, mucho antes de que conociera el término y la idea. Fue en cuarto año de la secundaria, cuando me propuse sobreescribir dos libros de Louis de Aragon (Una ola de sueños –Une vage de rêve, 1924- y Aniceto o el panorama, novela –Aniceto ou Le panorama, 1918- con lo mejor del folklore local. Sobreescribir, o sea, agregar, quitar, cambiar. De ahí la idea de mis amores cruzados, los dos Anicetos fundidos: el Ascasubi Surreal, compuesto a partir de Aniceto el Gallo (1853), de Hilario Ascasubi y los dos relatos de Aragon. De la experiencia viene ese gaucho alucinado, una gauchesca pícara de escritura automática. Durante mucho tiempo estuve convencido que lo único bueno que había salido de eso había sido mi descubrimiento de Coco Madariaga, pasión que cultivo for ever. Pero no es del todo as{i: quiso este verano, que me reencontrara con el cuaderno de las prosas de Hilario Aragón, que creía perdido. Y la verdad, es que no está tan mal.

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Llamo Sur, como tantos, a esa zona del Gran Buenos Aires donde crecí. Y hay canciones que llegaron en el momento justo al lugar exacto y ahora no puedo sacarlas de mi cabeza cuando pienso en aquellos días, hace más de treinta años. “A Forest”, de The Cure (Seventeen Seconds, 1980) es una. El sonido, el eco, la melodía cálida y gélida (el aliento de alguien que camina por un bosque). Vuelve con libros de la colección Minotauro -Ballard, Moorcock, Philip José Farmer-, con historietas de Muñoz y Sampayo (Juego de luces), de Breccia el Viejo (Buscavidas), más otros ejemplares de Ediciones del Mediodía (de exégesis de Lautrémont a Nietzsche), y cosas de Roger Corman que cada tanto capturaba en Sábados de Súper Acción. No hay nada de nostalgia en esto. Al revés. Illio Tempore. Son lugares a los que todavía intento llegar. Siempre estoy llegando.

Le comento a Ezequiel Alemián, que pronto será padre, este párrafo de Fleur Jaeggy: “Los niños son criaturas metafísicas que pierden este don muy pronto, a veces en cuanto empiezan a hablar”. Sólo haría un trueque de palabras: “metafísicas” por “psicodélicas”.

Los bebés viven ese alto trip de lisergia natural que seguramente sea uno de los estados más maravillosos que nos toca en esta vida.

Influencias, sin dudas, reubicadas en el continuum de las texturas, como parte de la reescritura, en la distribución en las que el texto condensa su estilo. Un modo que antes no conocía, no aplicaba. Lo fui advirtiendo en Gadda, en Fleur Jaeggy, también en Miguel Ángel Bustos, en Iain Sinclair, en Isak Dinensen, en Dipi-Dipaola. Para nada ornamental, al revés, una suerte de esqueleto tallado en respuesta a los efectos del tiempo. Vuelvo al New Barranco, esa categoría que Cucurto sugirió para adentrarse en las incursiones de náKhar Elliff-cé, que Tamara Kamenszain analiza maravillosamente en Una intimidad inofensiva, en el discurrir que se recobra releyendo a Perlongher. Texturas, paletas, glissando, por esa resonancia me llegan las experiencias del arte contemporáneo, de la psicodelia, incluso la memoria adolescente -la electricidad sureña-, las microscopías macedonianas, los remolinos amnésicos del Lorenzo Albino.

Ni siquiera un punto de partida, simplemente están, brotan.