Generalmente sucedía así, en un perfecto “choque de imaginarios”: una conversación telefónica casual, alguna ocurrencia momentánea prendía en el humor de Alfredo Prior, quien al rato volvía a telefonearme con un párrafo, que de este lado de la línea transcribía con mi más clara letra. No recuerdo ninguna vez que no sea un género indefinido: prosa poética -pero no-, greguería finisecular -pero tampoco-, relato exorbitado -pero no tanto-. Era mi turno de agregar, extender, enmendar alguna cosa. Nueva llamada a Alfredo, que a su vez tomaba nota, y sucesivamente. Lo de “polígrafo” vino por la informalidad, porque simplemente era escritura, esa cosa macerada por la rapidez, inspirada de alguna manera en la imposible glosa de Bustos Domecq. Era nuestra coincidencia con Prior: la mayoría de los días nos atraía más el Biorges que el estilo oficial del autor domiciliado en la calle Maipú.

The Causley Conclusion -glosa no carente de spoiler-. Acabo de ver, en Netflix, The Investigator: A British Crime Story, dedicado a las pesquisas sobre la desaparición, hace casi treinta y dos años, de Carole Packman, cuyos restos jamás fueron encontrados, aunque la circunstancia no impidió que su marido, Russell Causley, acusado de asesinato, deba cumplir reclusión perpetua. Convencido que en lo que le resta de vida, no abandonará su celda, en varias oportunidades se dedicó a confeccionar confesiones no del todo veraces, no del todo falsas, que no hicieron más que despistar en forma recurrente a los analistas de la causa. En el margen de lo horrorosamente posible, Causley fue tramando posibilidades que no sólo se contradecían, sino que generaban simulacros de verosimilitud que  hubiera resultado imprudente desestimar. No estaría nada mal que cualquier teoría de la ficción contemporánea recomenzara una y otra vez en este punto.