La anacrónica imagen de un sujeto, en un balneario de la costa de la provincia de Buenos Aires, leyendo un libro de Claude Simon, a mediados de los setenta, en una edición de Seix Barral, de las que tenían sobrecubierta impresa en blanco y negro. Antes de eso, un traductor, acaso mexicano, encerrado en Ibiza dándole vueltas y vueltas a ese francés filoso, una prosa de continuas subordinadas que le disparaban tantos contrasentidos como texturas. Antes aún, la visión de las oficinas de ediciones de Seuil con los manuscritos de Claude Simon sobre la mesa. Aunque no lo crean, las imágenes que describo pertenecen a este mundo.

En un Rosario lluvioso, preparando el muestrario antológico de Max Cachimba, en Parque de España. Sábado a la tarde, llegando a mediados de marzo. Pocas veces el presente me pareció tan presente.

Ayer, mientras revisaba las “libretas de Lisboa” –no hace ni un mes que dejé esa ciudad y parecen siglos- leí de un tirón Onnainty,  el libro de Ezequiel Alemián que publicó Iván Rosado. Pensaba unas y otro como extremos: Ezequiel fundiéndose por la escritura con la voz-experiencia de un cuidador de quinta y perros, mientras mis notas ficcionales de Santa Apolonia me resultan a la vez lejanas y muy ajenas. Dicho de otro modo, mi trabajo actual consiste en tratar de parecerme lo más posible a ese tono narrativo que me parece tan distante a mí y también tan brutalmente propio. Alemián hurgando en unos hechos de un pasado de cierto modo indefinido, y por mi parte intentando alcanzar esa otra modulación mía de un espacio que me suena a futuro próximo.

Ni viaje vertical ni viaje inmóvil. Al revés: mapas sobre mapas, puras peripecias gráficas, giros, pasos sobre pasos, extravíos de cualquier especie. Todo trayecto sobrevive para ser graficado, recobrado con palabras mientras la memoria asiente y desmiente. No es lo mismo recobrar la propia ciudad, el paisaje habitual, del que no  lo es pero resuena. Momentos epifánicos y solitarios  en Restauradores, Lisboa. Interminable tren nocturno de Chamartín a Santa Apolonia. Caminatas con Bruno Dubner por Lavapiés, en Madrid. Tragos nocturnos con Lux Lindner en Malasaña. Largas sesiones de Skype Toledo – Ostrobotnia con Vero Gómez, con una amplitud de treinta grados térmicos. Recorriendo el Versailles de Chodes, en Zaragoza, sede del Altíssimo Instituto de Estudios ‘Pataphysicos bajo los mandos de un reposado Carlos Grassa Toro (absenta y libros más libros mediante). Y la línea de puntos sigue, plano sobre plano.