Últimamente pienso mucho en los modos en que Chejfec escenifica sus historias, en su “teatrito” -son sus palabras-. Le presto  mucha atención al efecto de lectura, a esos avances narrativos de tanta precisión e imprecisión simultánea. Llevo más de un mes y medio leyendo y releyendo su Teoría del ascensor, algo que comenzó en Sabadell y sigue en los bares de Almagro y Boedo. En el Parque Rivadavia, la semana pasada, volví a conseguir Cinco, y fue muy placentero volver a leerlo entremezclándolo con sus otras viñetas.

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Releer, leer, anotar, reescribir, volver a anotar. Otro autor, otra voz, más allá de los contextos (los contextos terminan siendo una valoración más, una ficción entre otras). Leer, tratar de hacer más con esas palabras. ¿Comunidades de lectura? Abrir los libros, saltar del papel al Kindle, volver al papel, a la libreta, conectar con otros libros. El libro -ese, ese otro- no sólo conecta con otros libros: eso es nada más que una facilidad. Un libro no es más que un conjunto de textos conectados con aquello que podamos conectarlos. Sigo sosteniendo que uno es lo que puede conectar y sostener.

No hay mejor estación que el otoño.