LA BANCA DE LOS CHINOS
Así se me apareció el alma de China.
En un parque público de los nuestros, lleno de polvo, sin otra humedad que la de un estanque con más hojas muertas que agua, estaban sentados en fila sobre una banca verde, con el busto erecto, vestidos todos igual, de gris, como en la época de Mao, cinco o seis chinos. Hombres, todos.
Y entre ellos, en el centro, se podía reconocer precisamente a aquel que fue llamado Gran Timonel, el fundador del nuevo imperio chino, el sanguinario presidente Mao, un refinado y brutal exterminador. No excluyo que, detrás de él, no visible pero presente, acurrucada sobre la hierba seca, estuviera también su esposa, una mujer que cometió tantas maldades como una emperatriz romana.
Duró pocos instantes la estatuaria aparición. Mientras los observaba con atención, porque no es muy frecuente ver una banca completamente ocupada por chinos en nuestros parques, vi que se estaban descomponiendo todos juntos, como por contagio mortecino. El color amarillento de sus rostros se había vuelto verdoso, alguna nariz comenzó a desprenderse, las manos a hincharse, la boca colgaba como una ventana en un terremoto, ni les cuento las muecas. Mao, que poco antes parecía una de sus infinitas estatuas, fue el primero en romperse, su masa cayó hacia adelante, siguió licuándose en el suelo y uno tras otro se fueron aflojando todos y la banca parecía ya la morgue de París, tal y como Émile Zola la describe en Thérèse Raquin, empeorada por el sol ardiente.
Me sorprendía que no acudiera ninguno de los encargados de la limpieza, que finalmente llegaron, tirando sin cumplidos aquellos pobres cuerpos en el incinerador de la basura y lavando la banca con chorros de agua y cloro.
Fue entonces cuando oí un grito, un grito de miedo y de dolor que me atravesó como un proyectil y que hizo volverse en aquella dirección a los hombres con las bombas de agua.
Incluso cuando el parque está lleno de gente, la banca de los chinos permanece vacía. –

Guido Ceronetti

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