Llueve mucho, demasiado, hace más de un mes. No hay semana que no llueva mucho. Y para peor el cielo permanece tan encapotado que a las cinco de la tarde parece de noche. Todo se pone un poco raro. La lluvia se transforma en algo más que un efecto anímico: en una perturbación psicológica tan estable que es difícil ubicarla.

Anuncios

Lester Bangs, por un comentario que hice ayer a Nico Maidana en el Parque Rivadavia. Lester Bangs y Anita, de Mao y Lenin, en el especial de la revista Mancilla. Lester Bangs y enseguida el indispensable Captain Beefheart (y la Feltrinelli en Roma, y aquella lectura en el tren hacia Napoles). Lester Bangs y Captain Beefheart y Edelmiro Molinari y Alfredo Prior y el departamento de la calle Solís. Lester Bangs y Captain Beefheart y David Lynch, y Sparklehorse y enseguida los Flaming Lips. También Lester Bowie, y el eterno Ornette Coleman. También Thelonius Monk. Y Danger Mouse (Danger Mouse fue bastante importante para mí a principios de esta década). Pienso también en la campera de Lester Bangs (en alguna de sus fotos más clásicas). Esa campera que se parece mucho a la que usé ayer en la lectura de Parque Rivadavia,

Qué diferente que sería todo si más gente leyera a Lester Bangs y no perdiera tiempo con la tremenda estupidez de las redes sociales. 

El gótico no es ya un estilo, o una estética, y a medida que se expande parece resultar más irreconocible para los historiadores y puristas. Creo que lo mejor sería acercarse al gótico como lo que siempre fue, un eón oscilante, inestable, una suerte de atmósfera interior que compite consigo misma en lo relativo a la cantidad de oscuridad que puede absorber. Reveo capítulos de la serie Gotham, de Bruno Heller. Todos y cada uno de los personajes parecen moverse en relación a un núcleo intenso de oscuridad (de cual la ciudad misma es su más acabada representación) conformando constelaciones que finalmente reconocemos como tramas. Los días agotadores como hoy, de clima tan insufrible, contribuyen a percibirlo todo en tétrica simpatía.

Como si lo hubiera soñado pero no: en esa narración, Mario Bellatín y Grant Morrison eran una versión distorsionada uno del otro -el orden de los afectados no altera las maniobras-. Los dos adictos a diferentes magias (caos o canina). Los dos implementando sistemas que antes inexistían. Ahora no me acuerdo quién hablaba como quién. Todos los personajes, superpuestos, me resultan tan improbables como lo mínimamente interesantes para proseguir con sus pistas que no conducen a nada, quizá ni siquiera a sí mismos. Comic.com o congresos, lo mismo da. Obras maestras o trampas maestras, intercambiables.

Son las nueve y cuarenta de la mañana del domingo 22 de abril en Buenos Aires. Por alguna razón se me hace evidente que abril comienza a funcionar realmente recién ahora, que el otoño logra por fin manifestarse por medios no tan recurrentes, que se produce un cambio de ritmo, tanto interno como externo. ¿Cuántos otoños existen dentro y fuera del otoño climatológico o de agenda? O mejor ¿cuántos podemos hacer existir?

No es difícil recordar a Lorenzo (García Vega) como un médium fuera de control -y a la vez un gran sabio en el arte de dominar esas decisiones que no son sino sensaciones de una dimensión paralela-. No hablo solamente de Vilis. Lorenzo parace haber entendido (aunque la forma verbal sea inadecuada, ya que más bien debería decir “se fue encontrando”) con una suerte de Interzona / eXistenZ (Cronenberg) que podía contener varias Eras imaginarias (desde la madre de Domingo Faustino Sarmiento hasta si misterioso “Hacedor de Cajitas” y el mismísimo Bill Burroughs). Sé que esto puede ser complicado, pero también sé que debo intentar decirlo. Es más, me desperté pensando que Lorenzo y David Haller, el protagonista de la serie Legion de Noah Hawley (Marvel & Netflix) son una misma persona. Mientras que se lo trata de asir por los elementos más externos (un folklore alucinado como emanación de cubanidad), Lorenzo se me aparece como el guardían más hábil de un mundo neurótico subterráneo a punto de hacerlo estallar todo. ¿Existe una fina conexión entre Cronenberg y Fleur Jaeggy? Estoy seguro que Lorenzo no llegó a estar jamás interesado ni en David Cronenberg ni en Fleur Jaeggy, pero que sin duda los entendió perfectamente sin ni siquiera conocerlos o pensarlos.

Divina Syncro: en el afuera, la objetividad se dirime en la coincidencia de varias opiniones capciosas (no por despistadas o inocentes, menos capciosas); en el adentro, ahí sí, la intemperie sin fin, la noche oscura del alma donde los ansiolíticos son caramelos. Otra vez salgo a caminar por Yrigoyen, donde las veredas son anchas. Anochece temprano, amabilidades del otoño.